Iba sentada en el colectivo, pensando en la inmortalidad del cangrejo.
De pronto suena una canción en el reproductor, como para avivar los pensamientos reiterativos sobre lo complicado del mundo, esos pensamientos que ya se retorcían en mi mente innecesariamente.
La canción habla de la importancia de un simple faro mientras el autor estaba perdido en las playas de Cabo Polonio (si, mi cantante favorito para variar). Un faro que guía con su luz a cuanto barco esté por los alrededores, pero en este caso, también ayudaría al autor a llegar de regreso a su casa.
¿Qué es lo importante de un faro?, ¿Importa su luz? ¿Importa su insistente forma de girar?
Lo que importa no es lo que hace por brillar, sino lo que es capaz de evitar; Los irremediables y temibles 12 segundos de oscuridad...
De pronto baja la melancolía, como si esos segundos de oscuridad estuvieran más cerca de lo que pienso, y no me resultara fácil encontrar el faro para llegar a un puerto seguro.
Puede ser que no tenga la intención de llegar a un puerto seguro, que solo el camino basta. Pero no basta caminar en la oscuridad.
No sé aún cual es la idea concreta de buscarle un significado místico a cada canción que escucho, pero esas son las desproporcionadas señales que me llegan del universo.



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