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20 de octubre de 2010

De Drama sin Drama

Puedo considerarme un espíritu dramático entre tanta simplicidad diaria. Aún así, muchas de las películas que vemos en la televisión no son más que estás simplicidades con una buena banda sonora.
Podría decir con mi normal verborrea que:
“Estaba sentada frente al computador y una brisa apareció sorpresivamente sin que las ventanas estuvieran abiertas. Sentí un escalofrío que no tenía mucho sentido. Entonces tomé mi pelo desordenado, como si esto ayudara a despejar mi mente de vagas ideas que no terminaba de completar, ni menos comprender. Una inspiración cayó rauda bajo los ojos y comencé a escribir rápidamente, mientras que Ella Fitzgerald sonaba como un tranquilo canto matutino, a pesar de que las estrellas brillaban en el cielo y el reloj se acercaba a las doce.”
“Llegaba a un punto de las canciones en que reconocía sin miedo mi adoración por la trompeta del jazz y no por el saxofón. Que Miles Davis era energía que retornaba de tiempos antiguos, de los que no podía acordarme pero sabía que de alguna forma existieron en una memoria lejana.
Y sentí la necesidad de bailar esos lentos y rítmicos acordes, pero me mantuve sentada ladeando la cabeza de un lado a otro siguiendo la melodía.”
Eso es dramatismo. Recuerdo haber leído que Agatha Christie se inspiraba en gente común y corriente para crear sus historias; el hombre sentado en aquel café, la Sra. Que subió veloz al autobús, la joven que parecía esperar nerviosa en las afueras de un Restaurant. Drama, simple drama. 

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